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  «Todos nos alegramos del fin de ETA; para mí significó ir al paro»

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tata
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MensajeTema: «Todos nos alegramos del fin de ETA; para mí significó ir al paro»   Lun 03 Abr 2017, 9:11 am

«Todos nos alegramos del fin de ETA; para mí significó ir al paro»
Cacereño de 41 años, trabajó en la protección de concejales en Vizcaya hasta que la banda terrorista anunció el cese de la violencia en 2011


Roberto Ríos trabajó durante cinco años en el País Vasco. :: jorge rey

Todo escolta es, por definición, la sombra de otra persona mientras está de servicio. Es lo que han sido en el País Vasco los 3.000 profesionales que han protegido a los amenazados por ETA. Pero la sombra es también la definición metafórica de la situación que ha generado para ellos el cese de la violencia anunciado por la banda terrorista en octubre de 2011. La otra cara de la alegría de la paz fue la pérdida del empleo, el paro, para el colectivo de la seguridad. Esta situación la recuerda ahora, cuando se anuncia la inminente entrega de las armas por parte de ETA, uno de esos 3.000 escoltas privados que ha trabajado en el País Vasco y que desde el cese voluntario de la violencia está en el paro, aunque haya desarrollado algún trabajo temporal en otros sectores.

Roberto Ríos, cacereño de 41 años, es uno de esos escoltas privados que se quedaron en paro cuando ETA dejó de matar en octubre de 2011 y, como el resto del colectivo, lamenta el abandono en que han quedado, con unas expectativas de recolocación laboral en otras tareas que nunca se hicieron realidad. Ahora se anuncia la entrega de armas por parte de la banda terrorista y otra vez Roberto Ríos se alegra del nuevo paso, pero sigue lamentando que los escoltas como él son los olvidados de esta historia.

Ríos ejerció de escolta en el País Vasco desde 2007 hasta 2012, hasta pocos meses después del cese de la violencia anunciado por ETA. Se formó como vigilante y como escolta en una academia de Córdoba y allí le llegó la oferta de trabajo en el País Vasco. No tardó ni tres días en aceptar y en la decisión pesó el hecho de que el sueldo que le ofrecían triplicaba el de un vigilante de seguridad. ¿No le disuadía el peligro cierto de esta actividad en plena época de terrorismo?: «Sí se calibra el peligro desde el primer momento, pero creo que estaba bien formado para ello. Con los conocimientos que tenemos, estamos preparados para hacer esta tarea.Conocía un poco la situación y el peligro y la tensión que había en el País Vasco. Tengo familia allí».

Primera misión

Roberto Ríos recuerda su primera misión, a su primer 'protegido', que es el término con el que los escoltas denominan a la persona asignada para garantizar su seguridad. Los escoltas son la sombra del protegido. En el caso de los políticos, el trabajo lo hacían dos profesionales. Su primer protegido era un concejal del PP de una localidad cercana a Bilbao, de algo más de 40 años. Explica que los escoltas privados se encargaban también de proteger a empresarios y a profesionales del tren de alta velocidad, por ejemplo, y también trabajaban en vigilancia para mujeres víctimas de la violencia de género, una activad que continúa hoy en el País Vasco y Navarra.

¿En qué consistía el día a día de su trabajo con el concejal? «Él nos daba una previsión del día y nosotros media hora o 45 minutos antes íbamos a su domicilio y hacíamos una contra vigilancia, que consistía en controlar los alrededores de su casa, ver si hay alguien sospechoso por la zona, controlar la entrada a su vivienda, las escaleras, ver si han colocado algo, controlar los coches de alrededor, etcétera. Y si estaba todo bien, le dábamos un toque por el telefonillo o una llamada perdida con el móvil. Así sabía que estaba todo en orden que y podía bajar a la calle».

Reconoce que le impresionó un poco la tensión que se vivía: «Cuando entrabas en algún bar veías un ambiente diferente al de los bares del resto de España. Allí la gente estaba más callada y te observaban un montón, sobre todo si llegabas las primeras veces y no eras asiduo».

«Un escolta entraba con él y se situaba al fondo de la barra -explica- y el otro se quedaba en la entrada del bar. El protegido tenía que hacer su vida normal y nosotros teníamos que tratar de que no se notara nuestra presencia. Era difícil porque allí todo el mundo se lo olía, pero bueno, nuestra misión era que su vida fuera lo más normal posible, entre comillas».

Según señala, un escolta podía acabar formando parte del paisaje, pero nunca integrado en la sociedad. Eran escasas las personas, salvo sobre todo emigrantes, las que les dirigían la palabra o mostraban algún tipo de comprensión o solidaridad hacia su trabajo. Por el contrario, lo habitual era encontrar sólo «incomprensión y odio: no nos querían ver ni en pintura». A pesar de ello, él hizo una buena amistad en el País Vaco, que todavía conserva: «se puede decir que pocos compañeros míos han hecho amistades allí».

También llegó a trabar cierta amistad con uno de sus protegidos, un concejal del PSOE con el que trabajó casi tres años seguidos. «Hombre, después del tiempo que pasas con una personas llegas a tener cierta amistad. Yo estuve con un protegido casi tres años. Hemos seguido en contacto y, de hecho, ha venido después a Cáceres y estuve con él cenando y paseando por ahí, enseñándole la ciudad monumental. Venía con su mujer y sus hijas».

¿Qué significó para un escolta el anuncio del fin de la violencia en octubre de 2011? «Hombre, yo estaba supercontento de que se hubiera acabado la violencia de ETA y que no hubiera más atentados. Nuestro fin era ese, proteger a las personas, y si se logra que esta banda no atente más, pues bienvenido sea». ¿Y laboralmente, que supuso? «Todos nos alegramos del fin de ETA y para mí significó el paro. Nos fuimos todos a la calle, con una mano delante y otra detrás, y hoy por hoy con un reconocimiento casi nulo. Algunos protegidos reconocen que ellos están ahí gracias a sus escoltas, pero no ha habido un reconocimiento expreso. Nos prometieron cosas, que nos darían alguna salida laboral medianamente digna, pero no se cumplieron. El Ministerio del Interior lo prometió y no se ha cumplido».

El olvido

«Me fui al paro, como otras 3.000 personas», afirma e insiste en que todos se alegraron del fin de ETA. Lo que lamenta es el olvido para los escoltas: «Se olvidaron de nosotros laboralmente hablando. Incluso vas por ahí y dices que has estado trabajando de escolta y como que te miran mal. También deseo que haya un reconocimiento a la labor que hemos hecho. Hay compañeros que lo están pasando muy mal. Hay gente muy, muy preparada. Podíamos estar realizando otro tipo de labores, quitándole carga incluso a la Policía, como en tareas de seguridad contra la violencia de género y no nos están dando una utilidad. Estamos desaprovechados cuando tenemos mucha experiencia en contra vigilancia en violencia de género».

¿Y qué piensa del nuevo anuncio de la entrega de las armas? «Es una satisfacción grande que ETA por fin deje las armas y que las entregue, aunque deberían también entregarse ellos».


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